Pareciere Kasandra

(relato perteneciente a La gente a veces, de Lorenzo Antúnez)

 

 

Por fin aquel día del eclipse se atrevió a entrar en la habitación. Cuando Kasandra vivía en el piso resultaba un asunto complicado. Digamos que era más fácil colarse en el dormitorio del presidente. «Este es mi espacio, aquí no tienes por qué entrar», voceó una vez Kasandra cuando la pilló dentro abriendo y cerrando los cajones de la mesita de noche. Ya no necesitaba el permiso de su amiga. Podía pasar, merodear por allí, tomar prestado su dinero, revolverle la ropa si quería, incluso acostarse en su cama. Kasandra no iba a decirle nada, no se enfadaría –es que ni siquiera podría enterarse– y, sin embargo, ahora resultaba más difícil que nunca. Mucho más que cuando Kasandra entraba en el baño durante horas y entonces ella aprovechaba para colarse.

           Aquel día del eclipse permaneció, una vez más, apoyada en el quicio de la puerta, mirando la cama, como sorprendida de que no estuviese en movimiento. Parecía una balsa en medio de un lago muy tranquilo. Se fijó especialmente en el sujetador rosa de Kasandra, en el borde de la cómoda, a punto de caer al suelo si no fuese por el neceser que tenía encima. El armario estaba medio abierto y asomaban sus vestidos, unas mallas de látex, el abrigo que tanto le gustaba porque dejaba los pechos a la vista pero que tenía un forro que la calentaba rápidamente cuando se tapaba. La habitación ofrecía siempre el mismo desorden, sin ningún cambio, a pesar de que transcurrieran los días, por mucho que buscara pequeñas variaciones apoyada en el quicio de la puerta, lo cual le resultaba asombroso, que siempre estuviese así, como si cada día Kasandra hubiese salido de su habitación para ir a trabajar a toda prisa y lo hubiese dejado todo exactamente igual, la misma posición de los objetos, las mismas arrugas en las sábanas, el tanga rojo también, hecho un ovillo, siempre el mismo ovillo, sobre la mesita de noche.

           Se lo advertía a Kasandra con cierta frecuencia: si no moderaba su desorden, tendría que marcharse de casa. No había más. Para eso pagaba el alquiler. Kasandra siempre prometía que enseguida se pondría al día con los atrasos, aunque los meses pasaban sin que pagara su parte al completo. En los cinco años que llevaban compartiendo piso, Kasandra nunca había respetado las fechas de los pagos. Apuntaba en una libreta el dinero que le debía, que cada vez era más porque pagaba a cuentagotas, hoy una parte de la mensualidad, tres meses después la otra parte, y así resultaba imposible que menguara su deuda. No había manera de que respetara un poco las normas, no solamente en lo referente al dinero, sino en general cualquier norma básica de convivencia, que limpiara o que ofreciera algo de su tiempo para hacer la compra. Tantas veces habían discutido por estos asuntos de la limpieza y del dinero, tantas veces la había amenazado con largarla del apartamento, que Kasandra ya nunca se tomaba en serio sus amenazas.

           Todas le dijeron que lo mejor era deshacerse de sus pertenencias lo más pronto posible. Que si no el dolor se enquista. Que se haría más difícil con el paso de los días. Necesitó dos semanas para pasar del quicio de la puerta –entro o no entro, pensaba, lo mejor es entrar y recogerlo todo, se decía a sí misma, cuanto antes saque sus cosas mejor–. Pero la habitación estaba tan desordenada, tan hermosamente desordenada, que parecía que Kasandra se hubiese ido justo un minuto antes. Cada cosa parecía recién colocada así, en esa posición, como si el desorden fuese fruto de una presencia reciente, del revuelo de Kasandra, porque Kasandra iba con prisa a cualquier lado, un tsunami de mujer que siempre llegaba tarde y que lanzaba cualquier objeto que tuviese a mano como si le quemara. Kasandra había estado allí: lo decía su desorden, los cigarros en la mesita de noche, los tranquilizantes. A veces, durante los días previos al eclipse, escuchaba de repente algún ruido en el rellano, la puerta del ascensor, un manojo de llaves, unos pasos acercándose, y entonces cerraba rápidamente la puerta del dormitorio y disimulaba, porque temía que fuese Kasandra, que la descubriera, que llegase después de estar fuera unos días y se diese cuenta de que había merodeado otra vez en su habitación sin permiso.

           «Lo hago por tu bien», le dijo hace tiempo, cuando Kasandra la pilló hurgando en su mesita de noche. «No eres mi madre, déjame en paz». Se ponía hecha una furia. Por eso le daba miedo dejar rastro, que Kasandra, cuando regresara, encontrara evidencias de que de nuevo había hurgado entre sus cosas, que dejase por ejemplo la luz encendida si Kasandra la había apagado o que tirase algo al suelo sin querer. Por eso, hasta la tarde del eclipse, se quedaba siempre en el quicio de la puerta y observaba aquel desorden sin entrar, por si Kasandra regresaba en el momento más inesperado, porque ella siempre volvía cuando menos la esperabas. Algunas noches ponía música y se asomaba a la puerta y en la oscuridad de la madrugada observaba la cama, el sujetador, el armario medio abierto, el neceser: todo parecía recién utilizado, como si Kasandra acabara de estar allí o como si estuviera a punto de regresar.

           Si decidió entrar aquella tarde y no cualquier otra fue por el eclipse. Lo habían anunciado en el televisor: un eclipse único, que no se repetiría hasta dentro de cuatrocientos años. A Kasandra le encantaba el universo, las galaxias, los asteroides. Se quedaba embobada cuando echaban algún documental. Siempre decía que se drogaba para conectarse con el universo. «No digas tonterías, Kasandra, por favor», y entonces Kasandra le contestaba que no tenía ni puta idea de nada. Una vez tuvo un novio que le dijo que era astrónomo. Resultó ser carnicero, pero la mentira sobrevivió durante las dos o tres semanas en las que estuvieron acostándose. Él le hablaba de los agujeros negros, del polvo cósmico, de la cola de los cometas, de Venus, de los cráteres lunares. Kasandra decía por aquel entonces que tenía unos orgasmos increíbles gracias al astrónomo. Reconoció que era carnicero cuando ya no pudo inventar más nombres de meteoritos. Kasandra le dijo que era un cabrón y que no quería saber nada de él, que quién se creía para engañarla a ella, que era un estafador. Él la llamó puta y se marchó. Prometió no llevar más hombres a casa. De hecho, cuando alquilaron juntas aquel piso unos años antes, también lo prometieron, lo juraron en realidad, nada de hombres en casa porque aquel era un espacio solo para ellas, que llevar hombres podía poner en peligro su amistad y ninguna de las dos quería eso por nada del mundo. Pero Kasandra rompía fácilmente sus promesas.

           Necesitó unos cuantos meses para recuperarse de aquella ruptura con el carnicero. Hasta tuvo que dormir con Kasandra en su cama para que no recayera. El carnicero fue el último novio de Kasandra, al menos que ella supiese. Había prometido que nunca más saldría con un hombre, que no quería saber nada de los hombres, pero Kasandra siempre rompía sus promesas y por eso era mejor no fiarte de ella. Era tan enamoradiza que a saber si hubo otros después que también le hablaron de las estrellas fugaces y de los planetas, que tanto le encantaban. Por eso entró en su habitación la tarde del eclipse, porque fue como una de esas señales del universo en las que Kasandra tanto confiaba.

           De hecho, siempre decían que se conocieron gracias a una señal del universo. Que había sido el universo el que las había unido. Que el destino quería que fuesen amigas toda la vida. Fue por un cliente que no se presentó a su cita. Llegó pronto al hotel donde él la había citado. Preguntó en recepción por el señor Alfaro y le entregaron la llave de la habitación 556. Allí dentro no había ningún señor Alfaro. Se sentó sobre la cama, comió unas cuantas fresas, encendió el televisor. Llevaba puesto el conjunto de lencería que le había pedido. Estaba nerviosa porque era uno de sus primeros clientes. Cuando llevaba allí más de media hora escuchó el ascensor, alguien caminando sobre la moqueta del pasillo, el sonido de la tarjeta pasando por el detector, y entonces la puerta se abrió después de un suave peep. Apareció Kasandra con un vestido celeste ajustado, la melena suelta, un bolsito gris muy pequeño. Se detuvo en el quicio de la puerta y desde allí la observó tirada en la cama, igual que ahora ella observaba aquel desorden desde la puerta de su dormitorio. Kasandra dijo que venía buscando al señor Alfaro, que le había dicho que se alojaba en esta habitación, pero que se marchaba, que lo sentía, que habría sido un error. Entonces ella, todavía sentada en la cama, le pidió que no se marchara, que ella también había sido convocada allí, en la habitación 556, por un tal señor Alfaro. Fue una noche mágica. Se comieron todas las fresas y encargaron más al recepcionista. No las pagaron y el hombre nunca apareció. En ese primer encuentro fue cuando conoció el lado místico de Kasandra. Le preguntó su signo del zodiaco, su fecha de nacimiento, su número de la suerte. De alguna manera surgió entre ambas una hermandad. Kasandra dijo que aquello era una señal del universo, el resultado de que Venus y Júpiter estuviesen alineados esa noche, y que tendrían que mantener toda la vida aquella amistad que el destino les brindaba. Se marcharon a vivir juntas ese mismo fin de semana.

           Finalmente entró. La habitación olía a Kasandra, más bien a un perfume que le regaló hace años un cliente y que desde entonces siempre compraba. Decía que era el mismo perfume que utilizaba la reina, aunque aquello le parecía del todo imposible, la reina usando aquella colonia barata. Kasandra mentía con frecuencia, a veces sin un objetivo concreto. No sabía por dónde empezar. Era como intentar poner orden en el caos del universo, igual que un dios primigenio que colocara cada cosa en su sitio. Primero hizo la cama. Estiró las sábanas y entonces desapareció la silueta de Kasandra. La almohada conservaba un leve hundimiento en el que encajaba su cabeza. Casi podía verla en la forma de aquella almohada suya. Siempre dormía boca arriba con el pelo recogido y hasta el moño seguía levemente marcado en la almohada. Incluso tenía restos de maquillaje, de un rímel permanente que usaba cuando se reunía con un cliente importante, de los que pagaban bien. Quitó la funda para lavarla y colocó una nueva. Ya no estaba la cabeza de Kasandra en aquella almohada, tampoco su moño ni aquel rímel permanente que usaba con los clientes especiales. Colocó el edredón y en el centro de la cama el osito de peluche que decía que tenía desde pequeña, aunque sabía que era mentira, que fue el regalo de otro cliente, uno que la llevó al parque de atracciones el día de su cumpleaños. Recogió la ropa que había por el suelo y lo metió todo en la lavadora: unos tangas rojos, el top de licra, varios vestidos, las medias, que como tenían agujeros las tiró enseguida a la basura, un bolso que Kasandra consideraba de señora para los días de descanso. Dentro había  lubricante, su cartera, una compresa y condones para un mes. También cocaína. Siempre se las ingeniaba para esconderla en cualquier parte. Hasta dentro de un bote de champú encontró una vez. Kasandra se enfadaba mucho, le exigía que dejara de hurgar en sus cosas, que cualquier día se iría de aquella casa si seguía así, que compartir piso con ella había sido la peor decisión que había tomado. «¿Eres mi amiga o mi madre?». Al final nunca se marchaba. Nunca cumplía sus promesas ni tampoco sus amenazas. «Estás obsesionada conmigo, joder. Me tienes envidia porque ligo más, porque se me da mejor el trabajo». Le contestaba que la única obsesión que tenía era la de que no se drogara: «Lo hago por tu bien, Kasandra, para que no te metas esa mierda». Y era verdad, aunque ahora, después de todo, puede que también existiese algo de eso que intuitivamente Kasandra llamaba obsesión.

           Metió la ropa del armario en cajas. Pensó en lavarla, pero Kasandra nunca guardaba nada sucio en el armario. «Puta pero limpia», decía cuando estaba de buen humor. Ella sonrió al recordar sus ocurrencias. Casi toda la ropa cabía en una sola caja porque eran minúsculas sus faldas, las mallas, los tops, los tangas, hasta los abrigos cabían dentro de lo pequeños que eran, apenas un poquito de tela con mangas, sin plumas ni forro ni bolsillos, tan solo unos adornos con forma de corazón o de conejito, abrigos bien apretados y cortos que parecían chalecos antibalas. Cuando cerró la caja escribió la palabra «ROPA» en la superficie. En otra caja guardó varios neceseres y bolsos llenos de maquillaje, sombras de ojos, pintalabios, sus joyas, que eran más bien bisutería por mucho que Kasandra presumiera de que las había heredado de su abuela millonaria. Metió también las pelucas y los collares, los zapatos de tacón, la ropa de hacer deporte, las fotografías. Entre la ropa encontró éxtasis, eme y un montón de pastillas envueltas en papel de plata que no supo identificar.

           Rotuló las cajas: «CALZADO», «DEPORTE», «LIBROS», «MINICADENA Y DISCOS», «MEZCLA DE COSAS». En menos tiempo del que imaginaba lo tenía todo empaquetado. Le gustó imaginar que Kasandra se mudaba, que aquello no eran más que las cajas de una mudanza, que en adelante Kasandra viviría en otro piso, un piso ideal en una calle ancha llena de tiendas y de clientes con mucho dinero, de esos a los que era fácil engañar y sacarles cincuenta euros de propina, clientes amables, todos astrónomos, una calle llena de clientes astrónomos con dinero. Aquello sin duda sería el cielo para Kasandra. Nunca le preguntó si creía en el cielo. No era Kasandra el tipo de mujer que sabe que un día va a morirse y por eso siempre cambiaba de tema cuando hablaban de estas cuestiones.

           Se hizo de noche a las tres de la tarde, completamente de noche, aunque no era una oscuridad nocturna la que caía del cielo, no era exactamente así de oscura. Ya habían dicho en el televisor que sucedería de esa manera, pero resultó mucho más sorprendente de lo que habían descrito. Lo más parecido que había visto a aquella oscuridad era la de la calima o la de una tormenta veraniega, pero no había polvo ni nubes en el cielo. Se asomó a la ventana y vio a los vecinos del edificio de enfrente, preparados con sillas en los balcones, hasta con comida, inquietos por la espera, algunos con la intranquilidad del suceso cósmico. Le resultaba muy raro todo aquello de que la Luna se quedara entre el Sol y la Tierra, o tal vez era al contrario, ella qué sabía. Kasandra comprendía este tipo de cuestiones, pero no estaba allí para explicarle qué tipo de eclipse era aquel que no iba a repetirse en los próximos cuatrocientos años.

           Ya había recogido todo cuando escuchó de repente un gran asombro fuera, cientos de bocas asombradas que se abrían y emitían un grito de sorpresa unánime, el mismo grito de asombro en cientos de bocas que eran como una gigante que se asombrara de algo increíble. En el edificio de enfrente los vecinos miraban hacia el cielo con todo tipo de gafas, gafas de sol, gafas 3D, de cartón, hasta una máscara de soldador llevaba uno de los vecinos, un señor calvo que la compartía con su esposa. Recordó que en la televisión lo habían recomendado, que mirar el eclipse sin la protección adecuada podía producir daños oculares que no concretaron, a saber si una simple conjuntivitis o unas cataratas o una ceguera irreversible. No todos los daños oculares son iguales, así que prefirió no arriesgarse y cogió del neceser de Kasandra unas gafas de sol. Miró hacia el cielo, al mismo centro del cielo si es que eso era posible. Allí en medio vio una gran bola negra que parecía la Luna o un asteroide o un meteorito que se movía sin una lógica predecible hacia el Sol, cada vez más cerca. Parecía que el Sol se tragaba aquella bola negra gigante, una bola del tamaño del Sol, que lo ocultaba, y de ahí la oscuridad cósmica que asolaba todo el vecindario. Si hubiese dicho alguien que aquello era el fin del mundo, cualquiera le habría creído.

           De repente la bola negra continuó su camino y empezó a distanciarse del Sol, cada vez más lejos. La luz aumentaba a medida que aquella bola negra, tal vez la Luna, se alejaba del Sol. Se hacía de día otra vez, poco a poco, un día espléndido, con una luz limpia y muy intensa, tanto que nadie se quitó sus gafas de sol ni las 3D, ni siquiera el vecino calvo de enfrente se quitó su máscara de soldador y la esposa observaba aquella luz nueva con los párpados entornados y la mano sobre las cejas a modo de visera. Todos los vecinos se miraban los unos a los otros porque no sabían si el fenómeno había terminado de tanto que iluminaba aquel Sol nacido tras el eclipse.

           Cuando entró de nuevo en la habitación de Kasandra lo vio todo recogido, todo bañado por aquella luz nueva e intensa que atravesaba la ventana tras el eclipse. No parecía que Kasandra acabara de estar allí. Ni siquiera daba la impresión de que hubiera estado alguna vez en aquel dormitorio. No había ningún revuelo, ningún indicio de su vitalidad, ni siquiera el olor de su perfume, nada que pareciera lanzado por Kasandra o tirado al suelo porque llegara tarde a trabajar. Su desaparición era más palpable ahora. No la reconocía en aquel suelo libre de ropa, de sus tangas, sin condones desparramados por la mesita de noche, la cómoda con sus tres cajones perfectamente cerrados, los armarios vacíos con las puertas cerradas, la habitación ventilada, la cama hecha con su osito de peluche en el centro, aquel que le regaló un cliente o que tal vez lo tenía desde pequeña. No sabía dónde estaba Kasandra en medio de una luz tan blanca y pura, una luz sin apenas sombras, ni siquiera una penumbra. Aquel pequeño universo contenido en el dormitorio de Kasandra había alcanzado la mínima entropía.

           La primera caja que abrió fue la última, la que había rotulado como «MEZCLA DE COSAS» porque resultaba difícil clasificar aquella amalgama de mapas, anillos, discos, un espray de pimienta, consoladores, maquillaje y un casco de moto que fue sacando con urgencia. Después abrió la que contenía los discos y los colocó en su sitio, en la misma estantería que la minicadena. Devolvió a su lugar el lubricante y una compresa, también los condones los guardó en su bolso de señora, el de los días de descanso. Lanzó toda la ropa sobre la cama, por el suelo, sus tangas rojos, las mallas, los abrigos antibalas, todos los tops de licra. Hizo una bola de faldas y vestidos y la metió de cualquier forma en la cómoda, hasta que los tres cajones se llenaron a reventar de bragas y pelucas y de la ropa que utilizaba para hacer deporte. Sus joyas, las que heredó de su abuela la millonaria, las colocó dentro de su caja plateada. Se acordó de las medias y fue a la basura a por ellas. No olían mal todavía. Comprobó que tuvieran los agujeros y después las tiró a cualquier parte porque así lo hacía Kasandra, lanzaba las cosas y a saber dónde caían. Dejó abiertas las puertas del armario y dentro guardó sus tacones, las deportivas, aquel abrigo que tanto le gustaba porque dejaba los pechos a la vista pero que tenía un forro que la calentaba rápidamente cuando se tapaba. Kasandra siempre lo describía con esas palabras. Enseguida quedó sepultado con tanta ropa el osito de peluche de Kasandra. Lo tenía desde pequeña.

           Se recogió el pelo antes de tumbarse y la almohada recuperó un leve hundimiento en el que podía encajar perfectamente la cabeza de Kasandra. Hasta el moño parecía marcado otra vez en aquella almohada. Dejó restos de maquillaje, de un rímel permanente muy bueno y muy difícil de limpiar por mucho que lavara la funda. Cuando se levantó de la cama observó la silueta, no exactamente la de Kasandra, pero similar, el contorno de un cuerpo parecido al suyo, delgado, con unos pechos enormes, las piernas largas. Colocó otra vez toda la droga en sus escondites. «La droga te va a matar un día», fue lo último que le dijo a Kasandra antes de salir por la puerta. Aquella tarde del eclipse, con todas sus cosas otra vez desparramadas por la habitación, prometió que la dejaría en paz si regresaba. Juró que, si regresaba, no volvería a hurgar entre sus cosas, a tirarle la coca por el váter, que se haría la tonta con tal de verla otra vez embobada con los documentales sobre el Big Bang. Aquel universo que era su dormitorio había recuperado toda la entropía.

           Por último esparció un poco de su perfume, el de la reina, y entonces fue como si Kasandra acabara de salir de su habitación para ir a trabajar. Tanto olía a Kasandra que temió que estuviera allí, escondida en el armario o debajo de la cama, porque Kasandra era muy de aparecer cuando menos la esperabas, así que volvió deprisa al quicio de la puerta. Permaneció allí apoyada, como tantas veces en las últimas dos semanas. Miraba la cama sorprendida porque parecía una balsa en medio de un lago muy tranquilo. El sujetador rosa de Kasandra colgaba del borde de la cómoda, sostenido por el peso de un neceser que impedía que cayera al suelo. Le daba miedo que Kasandra llegara después de estar fuera unos días y se diese cuenta de que había merodeado en su dormitorio. Comprobó que los cigarros estuvieran en la mesita de noche, los tranquilizantes también, su bote con pastillas bien cerca de la cama por si se despertaba de noche angustiada, la coca dentro del bolso. No recordaba si la lámpara estaba encendida o si Kasandra la había apagado cuando se marchó. Kasandra siempre volvía en el momento más inesperado porque ella siempre lo hacía todo así, cuando menos la esperabas. En cuanto Kasandra volviera a casa le diría que de ninguna manera había entrado en el dormitorio, se lo juraría incluso, que jamás había hurgado en sus cosas, que como mucho se había quedado allí en la puerta, observando aquel desorden sin entrar, sin interferirlo, porque quién era ella para cambiar la lógica de su universo.

           Encendió el televisor para ver qué decían del eclipse. Era un acontecimiento que no iba a repetirse hasta dentro de cuatrocientos años. Pusieron unas imágenes espectaculares en el programa y la presentadora repetía sin descanso que ojalá todo el mundo hubiese observado el fenómeno con gafas especiales porque, insistía, el eclipse provocaba unos daños oculares que no concretó, a saber si una simple conjuntivitis o tal vez cataratas o una ceguera irreversible.

           Escuchó de repente un ruido en el descansillo, primero la puerta del ascensor y después un revoltijo de llaves, unas manos que buscaban la llave correcta, la que abría la puerta. Le dio miedo que Kasandra descubriera que había entrado en su habitación. De hecho pensó que ojalá no fuese ella, sino cualquier vecino del edificio. Rezó para que no fuesen los pasos de Kasandra, las llaves de Kasandra entre sus manos, en la cerradura. ¿Cómo iba a ser Kasandra, si Kasandra nunca regresaría? Pero es que Kasandra siempre volvía en el momento más inesperado. Siempre regresaba cuando alcanzaba el caos, la entropía máxima, y entonces vuelta a empezar. Quería contarle aquel asunto del eclipse. En cuanto entrara. Porque a Kasandra le encantaba el universo, las estrellas, el polvo cósmico. Todas esas cosas.